Tic-tac, tic-tac… voy o no voy

Si un día decides asistir a una clase de yoga, solo tienes una opción: ir con el corazón en la mano dispuesto a ser operado. Te adentrarás en un camino de autoconocimiento insondable e indefinido que, sin duda, mejorará tu calidad de vida y tu forma de vivirla hasta que esta se consuma, aunque no siempre sea un paseo cómodo. 

Cada uno recorre su camino, eso está claro, y sus variables no son las mismas para cada uno, sin embargo, hay un par de ideas que creo que son importantes, básicas y parece que comunes para casi todos los neófitos y no tan neófitos.

La primera es que el yoga no se limita a lo físico aunque empecemos por ahí (eso sería como decir que el cuerpo humano es solo lo que vemos). Ahora bien, es lícito asentarnos en la práctica del yoga desde este concepto más simplista (de posturas o asanas), quedarnos ahí durante siglos y recoger frutos: la espalda dejará de dolernos y nos sentiremos más fuertes y seguros. ¡Bien! Sin embargo, esta filosofía milenaria que influyó a la mismísima Grecia Antigua contiene un engranaje muchísimo más complejo. Reducirla a posturas sería un pecado.

El yoga primero ataca las estructuras superficiales de nuestro cuerpo (nos ayuda a eliminar toxinas, nos invita a comer más sano, reduce los dolores de espalda, tonifica nuestros músculos, reduce la ansiedad, etc.) para después ir escarbando en nuestras oscuridades más insondables y sutiles hasta llegar, (¡con mucha suerte en esta vida!) a lo más profundo: nuestro Ser.

Quizás, tomar este concepto tan lejano y abstracto para la mayoría de los mortales como objetivo de nuestra práctica tampoco es que sea muy útil o realista, ya que antes tenemos que recorrer muuuchas etapas… pero tener una meta clara, aunque parezca difusa, sobre hacia dónde queremos dirigir nuestros pasos y nuestra manera de vivir nos servirá al menos de referencia en nuestra vida.

La segunda cuestión es que, en la mayoría de los casos, los comienzos en cualquier cosa en la que nos embarquemos sean dulces y superficiales (por lo tanto cómodos). Sospecha y relájate. Con el tiempo es muy posible que empiecen a aparecer excusas insalvables, algunas de ellas en forma de mensajes desesperados revestidos de dolor terminal, pereza profunda o cualquier sensación negativa mortal, sustentada por nuestro”sincero” diálogo interno. ¡Bienvenido al club de los vivos, entonces! Todo esto nace como resultado de la necesidad de profundizar. Es buena señal. La cosa se empieza a poner interesante, pero también se complica. Es primordial saber cómo utilizar todo este material insano a nuestro favor si queremos profundizar en algo.

Cuando nunca antes hemos realizado una actividad física que requiere atención consciente y sincronía, lo habitual es sentirse torpe y desorientado más aún cuando estamos rodeados de otros que parecen hacer las posturas con más elegancia y soltura que nosotros. 

Estos mensajes negativos, que ya surgen en los primeros minutos sobre la esterilla, provienen de nuestro pequeño ego el cual podríamos comparar con un rey tirano lleno de inseguridad que se defiende desde su frágil trono, siempre dispuesto a luchar contra cualquier amenaza externa que ponga en riesgo su poder.

El ego, o lo que confundimos con nuestro verdadero Yo, nos repite sostenidamente: “no puedo hacerlo”, “no valgo para esto”, “para qué hacerlo”, “mejor me quedo como estoy”, “me da miedo el cambio y lo desconocido”, “me duele la rodilla, no puedo hacerlo”, “quiero controlarlo todo”, “los demás son mejores que yo”, “él /ella puede hacerlo porque no le cuesta tanto como a mí”…  y un sinfín de justificaciones y excusas para no hacer.

Cierto es que la práctica de Ashtanga  no es lo mismo para el que nunca ha aprendido antes una coreografía o ha realizado ejercicio con cierta disciplina y atención, para el que sufre de dolor crónico, obesidad o sufre trastorno de ansiedad. Las dificultades pueden ser muy distintas y no se deben infravalorar, pero tampoco es necesario engrandecerlas o tenerlas en el punto de mira las veinticuatro horas del día como si nada más existiera. ¡Aprender a relativizar los problemas de nuestro ego es todo un arte! Tarde o temprano, nos toparemos con problemas y, ¡menos mal que así es! Así que cuanto antes aprendamos que todo pasa, mucho mejor.

Por suerte, para todos y cada uno de nosotros, hayamos hecho lo que hayamos hecho antes, el Ashtanga supone un reto del que siempre recogeremos sus frutos, independientemente de si podemos tocar nuestros pies con las manos o podemos colocarnos la pierna detrás de la cabeza.

En definitiva, nada debe servir como excusa si se desea aprender de verdad. La motivación es vital y tenemos que saber que esta no siempre surge de manera espontánea a la hora que nos viene bien el día que queremos. Hay que despertarla cuando, por ejemplo, la pereza, la nevera o la amiga nos llama! Así que una vez tomada una decisión debemos seguir hacia adelante, y si encontramos piedras en el camino es porque forman parte de él, son naturales y nos ayudan a crecer. Lo que hallaremos detrás de todo ese escollo, sin duda, merecerá la pena.

“Toma conciencia de dónde estás, traza una línea recta hacia dónde quieres ir y no mires atrás”.

Krishnamacharya

Seguiremos profundizando…

Namasté!
Sandra

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