¿Qué hago si mi cuerpo está lesionado? O ¿si noto molestias en mi cuerpo con cierta intensidad? 

apego

De apegar.

  1. m.Afición o inclinación hacia alguien o algo

ego

Del lat. ego ‘yo’.

  1. m.Psicol. En el psicoanálisis de Freud, instancia psíquica que se reconoce como yo, parcialmente consciente, que controla la motilidad y media entre los instintos de ello, los ideales del superego y la realidad del mundo exterior.
  2. m.coloq. Exceso de autoestima.

Cuando me duele alguna parte de mi cuerpo, en realidad mi mente es la parte que más sufre por algo que en el fondo no deja de ser nada más que un cambio. El apego y el ego no permiten la transformación verdadera la cual no se dirige hacia los planes que nuestro ego tenía.  

Lo cierto es que tengo muchos más días de estos que de los otros (de los ligeros y flexibles), así que si me los tomara en serio entonces dejaría de salir, de experimentar, de hacer, de vivir. Pero, este cuerpo pesado, dolorido, rígido… ¿Te suena? Noto como mi mente salta de una emoción a otra, de un pensamiento a otro, de un dolor a otro. Se angustia por momentos y, en la mayoría de los casos, sin poder evitarlo: hasta que arrancas es lo peor, después no es para tanto, si mantienes una atención adecuada. Pero una idea se cuela en tu práctica y te la vuelve a jugar en la primera flexión sobre tus piernas:  «¿De quién es esta espalda y estos isquiotibiales de madera? ¡Míos, no! ¡Ayer no los tenía!».

Sí, es cierto, ayer no eran los mismos, pero ayer era ayer y ahora es ahora, así que ya da igual. El cuerpo cambia y no necesariamente a mejor, tampoco a peor. Si a estas alturas aún no te has dado cuenta es que no has estado haciendo YOGA, sino cualquier otra cosa que al menos espero que haya sido beneficiosa para ti en algún sentido.

Cuando el cuerpo tiene sensaciones intensas, burdas, parece que todo se resume en músculos y articulaciones. Sensaciones clarísimas que van y vienen, acompañadas de una mente también intensa, seguramente inestable. No existe más rodilla que la que duele ni más hombro que el lesionado. Y aunque es tremendamente complicado enfocar la mente durante un rato por motu proprio, cuando se trata de un dolor ¡Ja!, lo difícil es sacarla de esa zona todopoderosa a la que vuelve con una habilidad que no reconoces como tuya. La zona cervical sobrecargada se convierte en el centro del cuerpo y las muñecas débiles en el único punto de apoyo. Pero, no es cierto, hay más cuerpo además de ese isquiotibial dolorido y maneras de permanecer en una postura cuando una parte de él molesta. Anímate, ¡hay opciones!, tantas como tu mente te deje ver si tú quieres. Entonces, ¿cuál es el problema? Pues que, aun así, nuestra práctica está guiada por la batuta de un pensamiento condicionado, obsesivo, experto en comparar, medidor, analítico, crítico, destructivo, inseguro… He visto a practicantes de yoga llorar a causa de su mente, sin embargo, todavía no he visto a ninguno hacerlo por un fuerte dolor de espalda tras una postura (no contamos las excepciones que siempre están).

La angustia que genera una mente que ordena al cuerpo hacer esto de esta manera u otra es casi inhumana y su fuerza también. No le gusta cambiar de perspectiva ni que le cambien las metodologías o las tradiciones. Quiere pasar siempre por ese mismo filtro bajo el cual se justifica a base de verdades universales y absolutas. Pero todo se resume a que tu querido ego sabe que perderá su poder si no es quien orquesta tu vida.

La mente genera un dolor infinitamente más profundo que el físico. Y su fuerza es capaz de llevarte a tirar de tus dedos gordos hacia a ti tanto que tus isquiotibiales se despeguen de tus huesos. ¿Dónde estás TÚ, cuando esto ocurre? Posiblemente perdid@ en algún pensamiento, deseo o escuchando un canto de sirena muy agradable.

El yoga te saca de la zona de confort y, por «desgracia», esto no se llega a entender hasta que la rodilla te pega un chasquido y te tiene en vilo meses o el hombro te cruje al atar un Marichyasana. También te saca de tu zona debido a que, en muchas ocasiones, la práctica es incómoda, sí, incómoda. Porque sin darte cuenta (otra vez) te has puesto metas que, aunque con falsa humildad no tienen fecha, esperas que lleguen en algún momento como recompensa, y estas tardan y tardan en llegar, y vienen y se van… «Pero ¿qué pasa?». Pues nada, ¿qué debería pasar?

 Y ¿por qué nos ocurren estas cosas dentro y fuera de la esterilla? Pues o por accidente, lo cual es algo a lo que todos estamos expuestos; por traspasar esos límites de súper-mujeres-súper-hombres impulsados por, de nuevo, nuestro gran amigo «ego»; o se me ocurre que por inocencia, al pensar que toda acción da sus frutos (bien hasta aquí), pero de la manera en la que habíamos planeado (error).

Nuestro amigo ego no va a desaparecer ni ese parloteo cansino que se trae día y noche, pero sí es nuestra labor reducir su poder sobre nuestros actos o al menos aprender a seguir nuestro camino sin escuchar sus mensajes. Observarlo es lo más inteligente, conocerlo en profundidad y crear distancia. Conclusión: no podemos librarnos de él y ni siquiera desear su desaparición, porque ese deseo nacería del propio ego. Entonces, ¿qué hacemos? Pues es muy sencillo: practicar con los «ingredientes» con los que contamos hoy y aceptar lo que hay. Respirar de manera armoniosa y consiente, activar los bandas o cierres, mantener los dristis o miradas en puntos. Darnos cuenta de todo este proceso maravilloso de conexión con uno mismo y de cuándo la atención se ha ido tras algún ego-pensamiento, para volver lo antes posible a casa. Mantener una práctica en donde la fe y el amor sean los principales motores, porque nunca sabes cuándo llegarás a…

El yoga es uno de esos caminos en donde lo importante es el proceso y no la meta. Y no es un tópico, es así, sencillamente porque las variables con las que jugamos son MUY inconstantes y, por ello, no tiene mucho sentido ponerse meta-s que pueden variar y mucho con el tiempo, dar un giro y en otras ocasiones retroceder en un sentido, pero avanzar en otro.

¿Lo más importante es la postura? La asana es el medio a través del cual desarrollamos nuestra conciencia, atención, concentración. Es un regalo, un hábito saludable a nuestro cuerpo con múltiples beneficios. Pero estos solos pueden ocurrir en ausencia del ego, esto significa que este camino purificador solo ocurre en TU presencia, y se da con unas condiciones: en el presente, aquí y ahora, con amor y con atención.

Todo lo demás: miedos, suposiciones, imaginaciones, divagaciones, planes… no sirven para que se dé esta transformación. Pero si tu motor es el bienestar físico, entonces presta más atención a ese diálogo con el que nos solemos identificar y nos estorba más que ayudarnos. No vaya a ser que estés estirando más de la cuenta las piernas y al levantarte tengas la espalda tan dolorida que no puedas ponerte ni de pie.

Y en el caso de que una tragedia física ocurriera mañana, ¿qué podría pasar? Si practicas para tu mente, ¿hasta qué punto tiene importancia lo que suceda en tu cuerpo? Siempre que nuestra salud física y algunas variaciones de posturas nos permitan seguir desarrollando nuestra superación, ecuanimidad, paz interior, aumentar nuestra concentración, etc. todo estará bien. De hecho, un dolor intenso o lesión inesperada nos puede enseñar mucho más que una práctica cómoda, por ejemplo, a aceptarnos y a respetar nuestros límites reales, a querernos más, a escucharnos, a darnos cuenta de que desenrollar la esterilla debe contener grandes dosis de amor y no el deseo de dañarnos con el fin de avanzar hacia, ¿dónde? Da igual lo lejos que llegues en las posturas, el camino del yoga nos ayuda a trascender el cuerpo a través de las asanas SIN APEGO.

Así que mi experiencia me dice que vivas el presente tanto como puedas permitírtelo, sin que la motivación principal sea aferrarte a los resultados que lleguen o puedan llegar, porque algún día quizás los pierdas y ya te adelanto que el día que eso ocurra no pasará nada si has guiado tu práctica de manera adecuada. Lo aceptarás, sonreirás y serás igualmente feliz.

Namasté
Sandra

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