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Namasté

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¿Cómo medimos la práctica de yoga de una persona? ¿Qué significa “ser bueno en yoga”? Reflexión de Mark Whitwell

“How do we measure a person’s yoga practice? What does ‘being good at yoga’ even mean?

What if it’s not how long they hold a handstand…
Or how deep their forward bend is…
Or if they can balance on one arm…
Or if they can power through 108 sun salutations without breaking a sweat…
Or how tight their ‘yoga body’ is…
Or if they can sit on their bum doing nothing for hours at a time…
Or if they can see pretty blue flashing lights above their crown….
Not even if they can manufacture bliss-states from time to time.

What if a person’s yoga practice was measured in how good a listener they become…
In a lessening of reactivity to other people’s bullshit…
In their ability to see the best in others and love it… even the most annoying people…
In their kindness…
In their capacity for sincerity…
In their naturally reduced need for stimulating pleasures that were adopted to compensate for the eclipsed pleasures of breath and being…
In their ability to say things clearly without fear of what people will think…
In their perspective on the world.

If this stuff isn’t developing naturally — not as a fake performance — then it could be that our yoga isn’t actually yoga. Awkward.

Real yoga is about clarity of mind and perception, by linking the dissociative and solipsistic brain back up with the whole body, which is already nature, the power of life.
And it does matter, not just as pedantry, because we urgently need more love and less reactivity, and more clarity and less consumerism”.

¿Es difícil practicar Ashtanga Yoga?

Si te tropiezas con alguien que te diga que el Ashtanga es complicado sin más, perdona, pero quizás esa persona no conozca mucho este yoga.

Puede que quien te lo haya dicho solo haya tenido un contacto superficial, de oídas, por vídeos y en el mejor de los casos… ¿quizás unos meses de práctica inconstante? Al final, los juicios de valor instalan en nuestras mentes ideas que, de alguna manera, pretenden condicionarnos, así que es importante tomar conciencia sobre lo que decimos y lo que escuchamos y cómo lo hacemos, pues puede influir en nuestro camino y el de otros de manera decisiva. Con lo cual, si alguien te dice que el Ashtanga es un yoga muy difícil, asegúrate de que quien lo afirme conozca bien este estilo, que como mínimo se haya tomado la molestia de aprenderlo durante un periodo de tiempo lo suficientemente significativo como para formase una idea sólida de él y no apenas unos meses.

Lo que implica el adjetivo «difícil» es tan subjetivo que pierde su valor de manera categórica casi automáticamente. Quizás, lo más afortunado sería relativizarlo: «Para mí, es difícil» o «en mi caso, me costaba bastante esta o la otra postura», etc. Pero una afirmación tan general que abarca el todo y sentencia como «el Ashtanga es un yoga muy difícil» o «es solo para gente que hace deporte», me atrevería a decir que es una arbitrariedad nacida de la ignorancia, pues lo que para unos es complicado para otros no lo es. Además, explícame, difícil en qué sentido: ¿Falta de concentración? ¿Físicamente? ¿Poca voluntad para practicar de manera constante? Lo cierto es que el Ashtanga ha tenido mala fama —yo misma he oído cosas negativas de primera mano sobre él—, posiblemente debido a una enseñanza poco adecuada de algún profesor poco experimentado con un método poco ortodoxo y, ¡esto no significa imitar los movimientos o la voz de Guruji durante la clase o enrollarse en la cintura su mismo pañuelo!  O también de alumnos con una actitud poco positiva o receptiva que se fijan más en los obstáculos que en los avances, aunque, ¡por supuesto que no tiene por qué gustar a todo el mundo!

Por otro lado, puede ser que cuando un principiante pone un pie por primera vez en una clase de Ashtanga Yoga, alucine un poco al ver cómo algunos de los allí reunidos realizan posturas que parecen «imposibles». Pero perdemos de vista varias cosas: que en este estilo de yoga es habitual que los niveles se mezclen, lo cual tiene un fin motivante; y que es@ ashtangui que nos sorprende lleve varios años de práctica continuada y comprometida, con lo cual sería injusto subestimar sus horas de dedicación al pensar que ha conseguido realizar ciertas posturas por casualidad o de manera natural.

Aun así, es curioso cómo nuestra mente-atención de manera automática siempre va hacia lo más llamativo, bien para alentarnos, bien para hundirnos y decirnos que eso no es para nosotros. En cualquiera de los casos, estos son uno de los miles de juicios involuntarios que nuestro querido ego emite constantemente. Sería interesante darnos cuenta de cuál es nuestro caso y, ya puestos a elegir, mejor que nuestra versión fuera la positiva, la de una práctica que despierta nuestra motivación, en vez de tirar la toalla sin ni siquiera haberlo intentado.


Una de las palabras que curiosamente más recuerdo mientras estudiaba en la facultad es «scaffolding» que significa «andamiaje» y se refiere al conjunto de ayudas u orientaciones que facilitamos a los niñ@s en las escuelas, para mejorar su aprendizaje. Este interesantísimo concepto del psicólogo ruso Vygotski está relacionado con lo que él llamaba Zona de Desarrollo Próximo (ZDP), es decir, la distancia que hay entre lo que el alumno puede hacer por sí solo (desarrollo efectivo) y con ayuda de alguien (desarrollo potencial).

El andamiaje se sitúa, pues, como un puente para que el estudiante camine desde su desarrollo efectivo hacia su desarrollo potencial con ayuda externa o, por qué no, a través de la observación del compañero mientras realiza una postura. Y es que, aunque durante la práctica tenemos que mantener nuestra mirada enfocada en los dristis, a veces es inevitable que se nos vaya un poco el ojo hacia el de al lado para aprender desde otra perspectiva, lo cual no creo que sea un error, sino más bien el uso de estrategias personales (aunque sí deberían ser puntuales con el fin de no perder la concentración).  De este modo, si aplicamos este concepto al yoga podemos observar que cada alumno tiene una manera de aprender: unos primero prefieren mirar cómo haces la postura, otros prefieren experimentar de primera mano, otros necesitan una referencia visual como una hoja en donde aparezca la secuencia…

El andamiaje también implica adaptarnos y reconocer, dentro de nuestras posibilidades y las de este yoga, el estilo de aprendizaje de cada persona, y eso es lo que intento respetar en las clases. Cada practicante es un mundo con su propia concepción de él, distinto al de la persona que está al lado. De este modo, con un poquito de pedagogía, otro poco de psicología, sentido común y experiencia, se intenta ayudar y guiar a las personas interesadas en profundizar en la práctica de Ashtanga para que rompan sus limitaciones POCO a POCO, avanzando en su ZPD y no más allá.

Por tanto, podríamos decir que el Ashtanga Yoga es ese yoga que nos permite llevar a cabo un sueño tan perseguido en educación como lo es el poder enseñar a cada alumno a su ritmo, respetando sus propios tiempos y maduración (en cada postura), de manera individualizada y, en algunos casos, adaptando la práctica temporalmente para facilitarla.

De esta manera, cuando oigo que el Ashtanga es difícil, para mí no tiene ningún valor (al igual que cuando alguien me dice: «Es que no tengo flexibilidad»), porque una clase de Ashtanga no es guiada para todos a la vez todos los días y no hay que seguir ningún ritmo general de la clase ni el de otros, eso sí sería imposible para un principiante.

¿Es, entonces, el Ashtanga un yoga difícil? En mi opinión, no, en absoluto, de ninguna manera.

Solo podría ser difícil si entras en una clase guiada tu primer día y el nivel no es el que te corresponde. Pero entonces, deberías saber dos cosas: que lo que has hecho no sea realmente Ashtanga, sino un sucedáneo/adaptación para llegar/captar a tod@s los que están en la clase; el profesor o el centro donde asistes no tiene mucha experiencia en cómo se enseña este método y qué es realmente Ashtanga.  En definitiva, este yoga debe aprenderse de manera tradicional, es decir, en las clases llamadas «estilo Mysore» en donde cada uno sigue su propio ritmo. No es lo mismo un alumno con una práctica de diez años, que realiza muchas posturas y seguramente está en la segunda o tercera serie, que un principiante que empieza con la respiración y los Saludos al Sol desde cero.

Así que no nos dejemos asustar por la famosa «dificultad» de esta práctica, creyendo que nos van a obligar a hacer posturas de circo el primer día, porque es todo lo contrario, y démosle una vuelta a este concepto: convirtámoslo en un reto, una transformación beneficiosa y respetuosa para nuestro cuerpo y mente, lo cual es motivador, positivo y siempre está a nuestro alcance, si damos con un profes@r con experiencia que sepa enseñar y trasmitir este estilo, ¡y hay muchos!

Namasté

¿Qué hago si mi cuerpo está lesionado? O ¿si noto molestias en mi cuerpo con cierta intensidad? 

apego

De apegar.

  1. m.Afición o inclinación hacia alguien o algo

ego

Del lat. ego ‘yo’.

  1. m.Psicol. En el psicoanálisis de Freud, instancia psíquica que se reconoce como yo, parcialmente consciente, que controla la motilidad y media entre los instintos de ello, los ideales del superego y la realidad del mundo exterior.
  2. m.coloq. Exceso de autoestima.

Cuando me duele alguna parte de mi cuerpo, en realidad mi mente es la parte que más sufre por algo que en el fondo no deja de ser nada más que un cambio. El apego y el ego no permiten la transformación verdadera la cual no se dirige hacia los planes que nuestro ego tenía.  

Lo cierto es que tengo muchos más días de estos que de los otros (de los ligeros y flexibles), así que si me los tomara en serio entonces dejaría de salir, de experimentar, de hacer, de vivir. Pero, este cuerpo pesado, dolorido, rígido… ¿Te suena? Noto como mi mente salta de una emoción a otra, de un pensamiento a otro, de un dolor a otro. Se angustia por momentos y, en la mayoría de los casos, sin poder evitarlo: hasta que arrancas es lo peor, después no es para tanto, si mantienes una atención adecuada. Pero una idea se cuela en tu práctica y te la vuelve a jugar en la primera flexión sobre tus piernas:  «¿De quién es esta espalda y estos isquiotibiales de madera? ¡Míos, no! ¡Ayer no los tenía!».

Sí, es cierto, ayer no eran los mismos, pero ayer era ayer y ahora es ahora, así que ya da igual. El cuerpo cambia y no necesariamente a mejor, tampoco a peor. Si a estas alturas aún no te has dado cuenta es que no has estado haciendo YOGA, sino cualquier otra cosa que al menos espero que haya sido beneficiosa para ti en algún sentido.

Cuando el cuerpo tiene sensaciones intensas, burdas, parece que todo se resume en músculos y articulaciones. Sensaciones clarísimas que van y vienen, acompañadas de una mente también intensa, seguramente inestable. No existe más rodilla que la que duele ni más hombro que el lesionado. Y aunque es tremendamente complicado enfocar la mente durante un rato por motu proprio, cuando se trata de un dolor ¡Ja!, lo difícil es sacarla de esa zona todopoderosa a la que vuelve con una habilidad que no reconoces como tuya. La zona cervical sobrecargada se convierte en el centro del cuerpo y las muñecas débiles en el único punto de apoyo. Pero, no es cierto, hay más cuerpo además de ese isquiotibial dolorido y maneras de permanecer en una postura cuando una parte de él molesta. Anímate, ¡hay opciones!, tantas como tu mente te deje ver si tú quieres. Entonces, ¿cuál es el problema? Pues que, aun así, nuestra práctica está guiada por la batuta de un pensamiento condicionado, obsesivo, experto en comparar, medidor, analítico, crítico, destructivo, inseguro… He visto a practicantes de yoga llorar a causa de su mente, sin embargo, todavía no he visto a ninguno hacerlo por un fuerte dolor de espalda tras una postura (no contamos las excepciones que siempre están).

La angustia que genera una mente que ordena al cuerpo hacer esto de esta manera u otra es casi inhumana y su fuerza también. No le gusta cambiar de perspectiva ni que le cambien las metodologías o las tradiciones. Quiere pasar siempre por ese mismo filtro bajo el cual se justifica a base de verdades universales y absolutas. Pero todo se resume a que tu querido ego sabe que perderá su poder si no es quien orquesta tu vida.

La mente genera un dolor infinitamente más profundo que el físico. Y su fuerza es capaz de llevarte a tirar de tus dedos gordos hacia a ti tanto que tus isquiotibiales se despeguen de tus huesos. ¿Dónde estás TÚ, cuando esto ocurre? Posiblemente perdid@ en algún pensamiento, deseo o escuchando un canto de sirena muy agradable.

El yoga te saca de la zona de confort y, por «desgracia», esto no se llega a entender hasta que la rodilla te pega un chasquido y te tiene en vilo meses o el hombro te cruje al atar un Marichyasana. También te saca de tu zona debido a que, en muchas ocasiones, la práctica es incómoda, sí, incómoda. Porque sin darte cuenta (otra vez) te has puesto metas que, aunque con falsa humildad no tienen fecha, esperas que lleguen en algún momento como recompensa, y estas tardan y tardan en llegar, y vienen y se van… «Pero ¿qué pasa?». Pues nada, ¿qué debería pasar?

 Y ¿por qué nos ocurren estas cosas dentro y fuera de la esterilla? Pues o por accidente, lo cual es algo a lo que todos estamos expuestos; por traspasar esos límites de súper-mujeres-súper-hombres impulsados por, de nuevo, nuestro gran amigo «ego»; o se me ocurre que por inocencia, al pensar que toda acción da sus frutos (bien hasta aquí), pero de la manera en la que habíamos planeado (error).

Nuestro amigo ego no va a desaparecer ni ese parloteo cansino que se trae día y noche, pero sí es nuestra labor reducir su poder sobre nuestros actos o al menos aprender a seguir nuestro camino sin escuchar sus mensajes. Observarlo es lo más inteligente, conocerlo en profundidad y crear distancia. Conclusión: no podemos librarnos de él y ni siquiera desear su desaparición, porque ese deseo nacería del propio ego. Entonces, ¿qué hacemos? Pues es muy sencillo: practicar con los «ingredientes» con los que contamos hoy y aceptar lo que hay. Respirar de manera armoniosa y consiente, activar los bandas o cierres, mantener los dristis o miradas en puntos. Darnos cuenta de todo este proceso maravilloso de conexión con uno mismo y de cuándo la atención se ha ido tras algún ego-pensamiento, para volver lo antes posible a casa. Mantener una práctica en donde la fe y el amor sean los principales motores, porque nunca sabes cuándo llegarás a…

El yoga es uno de esos caminos en donde lo importante es el proceso y no la meta. Y no es un tópico, es así, sencillamente porque las variables con las que jugamos son MUY inconstantes y, por ello, no tiene mucho sentido ponerse meta-s que pueden variar y mucho con el tiempo, dar un giro y en otras ocasiones retroceder en un sentido, pero avanzar en otro.

¿Lo más importante es la postura? La asana es el medio a través del cual desarrollamos nuestra conciencia, atención, concentración. Es un regalo, un hábito saludable a nuestro cuerpo con múltiples beneficios. Pero estos solos pueden ocurrir en ausencia del ego, esto significa que este camino purificador solo ocurre en TU presencia, y se da con unas condiciones: en el presente, aquí y ahora, con amor y con atención.

Todo lo demás: miedos, suposiciones, imaginaciones, divagaciones, planes… no sirven para que se dé esta transformación. Pero si tu motor es el bienestar físico, entonces presta más atención a ese diálogo con el que nos solemos identificar y nos estorba más que ayudarnos. No vaya a ser que estés estirando más de la cuenta las piernas y al levantarte tengas la espalda tan dolorida que no puedas ponerte ni de pie.

Y en el caso de que una tragedia física ocurriera mañana, ¿qué podría pasar? Si practicas para tu mente, ¿hasta qué punto tiene importancia lo que suceda en tu cuerpo? Siempre que nuestra salud física y algunas variaciones de posturas nos permitan seguir desarrollando nuestra superación, ecuanimidad, paz interior, aumentar nuestra concentración, etc. todo estará bien. De hecho, un dolor intenso o lesión inesperada nos puede enseñar mucho más que una práctica cómoda, por ejemplo, a aceptarnos y a respetar nuestros límites reales, a querernos más, a escucharnos, a darnos cuenta de que desenrollar la esterilla debe contener grandes dosis de amor y no el deseo de dañarnos con el fin de avanzar hacia, ¿dónde? Da igual lo lejos que llegues en las posturas, el camino del yoga nos ayuda a trascender el cuerpo a través de las asanas SIN APEGO.

Así que mi experiencia me dice que vivas el presente tanto como puedas permitírtelo, sin que la motivación principal sea aferrarte a los resultados que lleguen o puedan llegar, porque algún día quizás los pierdas y ya te adelanto que el día que eso ocurra no pasará nada si has guiado tu práctica de manera adecuada. Lo aceptarás, sonreirás y serás igualmente feliz.

Namasté
Sandra

¡Sharath Jois visita Madrid!

El guru de Ashtanga Yoga enseñará por primera vez Madrid. Aquí os dejo el cartel oficial con las fechas de las clases.
Si estáis interesad@s y queréis apuntar@s, enviad un correo electrónico a Mysore House Ashtanga Yoga.

Namasté

sharath

Los mitos del Ashtanga Yoga

Samma Ashtanga Yoga

LOS MITOS DEL ASHTANGA YOGA

El Ashtanga Yoga es una bella práctica, suave y femenina, cuando los fundamentos del Pranayama (control de la respiración) son el foco principal de la práctica.

A menudo, una nube de misterio y mitos rodea a este estilo de yoga, infundiendo un miedo que en ocasiones nos aleja de probar esta hermosa tradición transformadora.
Estos mitos son fomentados por una combinación de incomprensión, miedo y mala enseñanza. Estos son algunos de los más comunes:

Mito # 1: El Ashtanga Yoga es Power Yoga

Dejaré esta respuesta al Gurú…

Esta es una carta de Sri. K. Pattabhi Jois (el gurú de Ashtanga Yoga) para la revista Yoga Journal, noviembre 1995:
“Me ha decepcionado ver que muchos estudiantes principiantes de Ashtanga yoga lo han convertido en un circo para su propia fama y ganancias (Power Yoga, enero / febrero de 1995). El título de “Power Yoga” degrada…

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Yoga desde cero cada mes

¿Sabías que contamos con una oferta especial que comienza cada mes, para todo aquel que quiera iniciarse en el yoga desde cero?

Con el Mes de Iniciación, aprenderás en ocho sesiones los fundamentos básicos del Ashtanga, poco a poco y a tu ritmo, para ir profundizando en este interesante sistema que une cuerpo, mente y respiración a través del movimiento.

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¡Namasté!

Sobre la intensidad y otras variables en Ashtanga

Cuando empecé a practicar Ashtanga era joven y tremendamente enérgica e inexperta. Me costaba mucho regular la cantidad de energía que debía poner en cualquier actividad, debido a una clara desconexión conmigo misma. En aquella época, si salía a escalar con mi amiga, cada poco tiempo queríamos aumentar la dificultad de la pared; si iba a correr, cada semana incrementaba la velocidad o los kilómetros aunque llegara con la lengua fuera… y, así, con esta naturaleza extrema que me presionaba y empujaba hacia la extenuación, puse toda mi energía en la práctica del Ashtanga. Esto me ayudó a aprender muchísimo sobre mi yo más profundo ya que cuando rebasas los límites, por exceso  o por defecto, después resulta más fácil encontrar el glorioso punto intermedio aristotélico que para mí siempre ha estado misteriosamente ubicado y fuera de mi alcance emocional.

Así pues, tras un tiempo de comenzar a practicar Ashtanga de manera intensa, comencé a sentir dolor por todo mi cuerpo y articulaciones, durante y tras la clase, el cual achacaba al resultado de la buena práctica en la que me hallaba ensimismada (con autopalmadita en la espalda incluída por mi savoir-faire). Pero esa intensidad dolorosa, previsiblemente no podía durar mucho y me acabó pasando factura.

Empecé a generar una sutil aversión psicológica hacia la práctica, primero muy inconsciente pero reflejada en las pocas ganas que tenía de extender mi esterilla cada día, y también hacia mi propio cuerpo porque no respondía como yo quería cuando en realidad no lo estaba escuchando ni lo aceptaba. Justificaba la agresividad en la que estaba sumida a cierta obligación moral de practicar sin cuestionarme nada. Había que hacerlo y punto. Era así.

Toda esta experiencia fue en aumento despertando la necesidad de estudiar anatomía, analizar y comprender racionalmente, así que me matriculé en varios cursos de masajes de diferentes tipos. Después valoré el estado de mi frágil musculatura, ligamentos y articulaciones con tendencia a la laxitud. ¿Por qué no me sentaba tan bien el Ashtanga como a los demás? ¿Por qué a mí? ¿Qué estaba haciendo? La respuesta era sencilla pero no iba a encontrarla en el plano racional, por lo que nunca le eché la culpa al yoga de hacerme daño. Tenía claro que era yo misma la que lo hacía. Así pues, me hice responsable de mis actos: era el momento de aceptar que no estaba observando mis emociones de manera sana ni escuchando mi cuerpo el cual no estaba preparado para aquel numeroso trajín de saltos y posturas. Un duro golpe para mi joven e inmaduro “ego-céntrico”.

El enamoramiento y deseo de practicar que sentía, no me habían permitido tomármelo con la calma necesaria. La filosofía del Ashtanga que quise aprehender por motu proprio casaba a la perfección con mi manera de ser, sin embargo, por ese camino “cómodo” lo único que hacía era potenciar más mi desequilibrio energético y dañarme física y emocionalmente. El miedo a no avanzar o a estancarme justificaba la intensidad diaria que ayudaban a que esta crónica anunciada desembocara en un final más que previsible.

Por suerte, ¡nada dura eternamente! y si uno comienza a cultivar una atención sana y plena en lo que está haciendo, finalmente se da cuenta de que debe cambiar algo si espera resultados distintos. Comencé a experimentar con dos variables: frecuencia e intensidad. Una época reduje el número de chaturangas entre posturas, otra el número de días de práctica, pero nunca hice menos posturas ya que lo sentía como un fracaso. Después probé a practicar un día sí y otro no, para dar margen a los músculos a que se recuperasen. Pero, ¿de qué tenía que recuperarme? ¿No se suponía que la práctica debía llenarme de energía y salud? Aún recuerdo cuando salía de cada clase con tembleque en los brazos y las piernas…

Entonces me di cuenta de que sencillamente estaba haciendo más posturas de las que mi cuerpo y mente podían asumir y con demasiada intensidad. Desequilibrada entre mi exceso de elasticidad y energía, pero poca fuerza muscular y calma mental, era un caldo de cultivo al que sumar posturas con un fin aciago. Después de llegar a Karandavasana y hacer aquel loto imposible en el aire, ya podía morir para el resto del día.  Llegar a ese punto de la práctica sacaba lo peor de mí y me dejaba KO.

No aguanté mucho aquel ritmo que me revolvía tanto por dentro y que me generó (o más bien, yo me generé) una crisis a la que se sumaron más elementos. No quería. Por lo que me tomé un descanso del Ashtanga para reflexionar, mis experimentos con los cambios de variables racionales no habían funcionado.

Pasó tiempo y más relajada y comprensiva volví a retomar la práctica desde otra perspectiva: con menos posturas, menos necesidad de llegar a…, con un ritmo más pausado, más consciente, disfrutando de cada momento, sin miedo y mucho respeto. Más desde el corazón. Entonces comprendí la verdadera práctica y el porqué de este sistema administrado de esta manera, una manera que no debe ser confundida ni generar ningún miedo al neófito pero sí constancia, respeto a uno mismo, devoción  y mucha dulzura.

El Ashtanga y el estudio del verdadero Ser nada tienen que ver con engullir muchas posturas ni con la agresividad, fundamentada en frustraciones o traumas, que a veces podemos ser capaces de desprender para conseguir atarnos en una postura. Pero sí con una mirada tranquila, estable y con una respiración equilibrada que refleja nuestro estado mental ecuánime y atención sin expectativas. Como dice mi querido gran profesor Tomás Zorzo de quien he tenido la suerte de aprender mucho: “Después de haber realizado la secuencia de Ashtanga deben nacer las ganas de meditar. La práctica nos prepara para la meditación”.

Pero, entonces, ¿cómo practicar cada día para avanzar sin dormirnos y sin rompernos?

Esa respuesta viene dada si, por ejemplo, durante el vinyasa puedes prestar atención a la respiración que se mantiene profunda ¡incluso en urdhva mukha! suave y equilibrada. Si cuando durante la realización de posturas aparecen sensaciones agradables o desagradables, las cuales observas, pero sigues en tu respiración con la mente en calma y aceptas. Si cuando durante una postura complicada tus hombros no se pegan a tus orejas, tu mandíbula está relajada o el equilibrio entre inhalación y exhalación sigue intacto. Si puedes observar las emociones que generan cada postura sin luchar contra ellas o si permites que los pensamientos pasen de largo como si contigo no fuera la cosa…

Toda esta maravillosa experiencia que integra mente y cuerpo, solo la puede dar una práctica constante y amable incluso con unas cuantas posturas y, poco a poco, avanzar sin prisas y estable.

Si el Ashtanga Yoga es nuestro alimento del alma diario, el cual esporádicamente nos sorprende con sensaciones intensas de felicidad y conexión plenas, entonces no tiene sentido que queramos comernos este gran pastel de un bocado para llegar a ningún sitio ni hay espacio para el deseo de alcanzar nada de manera obstinada. Acaso, ¿no es la propia práctica la que decide cuando regalarnos de manera inesperada esos estados fugaces de máxima felicidad?

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Namasté,
Sandra

Seis días a la semana de Ashtanga. ¿Por qué?

Conocí el Ashtanga Yoga gracias a una profesora que venía a Alcalá a enseñarnos Hatha Yoga un par de días a la semana y un día nos sorprendió con este estilo dinámico. Como siempre había sido muy inquieta, en cuanto lo probé sentí que se acomodaba mucho mejor a mi manera de ser y yo a él, como si nos conociéramos de toda la vida.

La experiencia con esta profesora fue puntual y yo no conocía a nadie más que lo enseñara seriamente en mi localidad o cerca. Así que, aunque no sabía que el Ashtanga Yoga estaba estructurado para ser practicado seis días a la semana, me hice con un DVD de John Scott, recién publicado en aquella época, y empecé a practicar en casa cada día por mi cuenta.

En aquellos días, sentía que el Hatha Yoga (el cual incluye a todos los yogas que trabajan con posturas y que erróneamente usamos para describir solo un estilo suave que suele seguir la secuencia de Rishikesh) se me había quedado “corto”. Así que no me supuso ningún esfuerzo dedicar un rato al día a la práctica de Hatha y después al Ashtanga.

Mi inexperiencia, siempre curiosa y deseosa, me llevó a probarme a mí misma de diferentes maneras en la práctica, para darme cuenta de que el Ashtanga era realmente poderoso a todos los niveles. Pronto pude sostenerme con mis propios brazos enclenques en la postura de la plancha (Kumbhakasana) sin temblar e incluso bajar haciendo una flexión (Chaturanga). Aquellos avances significaron para mí algún tipo de magia que me enganchó a la práctica constante aunque, en realidad, el primer regalo del Ashtanga, mucho más valioso y más allá de lo físico, fue la disciplina para practicar cada día y/por sus maravillosos efectos. Cuando uno siente la fuerza de esta práctica, automáticamente sabe que no surge de la magia, sino de una práctica sólida e inquebrantable.

El Ashtanga tradicional se practica seis días a la semana en las clases llamadas estilo Mysore (llamado así por la ciudad donde vivió y enseñó este método su gurú Sri K. Pattabhi Jois). En estas clases, donde impera el silencio roto por las respiraciones suaves de los alumnos y la concentración, el practicante no sigue la voz del profesor sino su propia respiración: su verdadero guía. Esta metodología en donde el alumno aprende poco a poco la secuencia a su ritmo, facilita que el Ashtanga se adapte al nivel de cada uno y se convierta en una meditación en movimiento. Además, a través de la memorización de las posturas, el sonido suave y el control de la respiración, y otros elementos que intervienen en la práctica, se aumenta la atención hacia el interior donde se encuentra el verdadero objetivo del yoga.

El primer día de clase, el alumno solo hace unos cuantos Saludos al Sol (comienzo de este proceso meditativo y físico en el que se embarca). A medida que pasan los días, se van añadiendo posturas, una tras otra, dependiendo de diferentes factores.

El comienzo puede recordar al aprendizaje de una coreografía vacía, sin embargo, reúne todos los ingredientes para después recoger sus frutos desde la primera sesión. Los primeros síntomas del Ashtanga son la desaparición de dolor en la espalda, menos rigidez en los hombros, flexibilización de los músculos de las piernas o sueño más profundo y de más calidad, entre otros muchos. La mejora física se hace patente casi automáticamente, aunque no podemos olvidar las famosas primeras agujetas que el ashtangui rápidamente aprende a recibir como regalo del avance consciente que se está produciendo.

Las clases estilo Mysore dan la holgura necesaria al alumno, para que este pueda reconocerse a sí mismo y aprender a escucharse cada día. Así, paradójicamente, esta práctica repetitiva es cuanto menos monótona, ya que varía constantemente dentro de la misma secuencia. Esta cualidad de cambio, que solo se manifiesta cuando estamos atentos, nos ayuda a trabajar nuestro cuerpo y mente desde el respeto y la aceptación: unos días será más intenso, otros más suave.

De esta manera, la práctica de posturas se torna más íntima. Los sentidos se revierten hacia la respiración, como si esta fuese un metrónomo marcando un tic-tac constante que nos colma de paz mental y nos guía a través del movimiento. Los sentidos poco a poco son capaces de observar con más ecuanimidad las sensaciones y emociones, sin huir de las negativas o apegarse a las agradables, y cambiar día tras día patrones de comportamiento negativos arraigados profundamente en nuestro ego.

La Primera Serie de Ashtanga completa supone un gran reto por la fuerza interna y la flexibilidad necesarias y también por la calma que hay que desarrollar en muchas posturas para realizarlas. Algunas de ellas son “posturas clave” o “llaves” para pasar a la siguiente. En las posturas de pie, la primera “llave” que encontramos es Utthita Hasta Padangusthasana, un equilibrio sobre una pierna realmente exigente a nivel físico y mental. En las posturas sentadas, sin duda, el reto se encuentra en Marichyasana D en donde hay que realizar una torsión profunda con una pierna flexionada mientras se mantiene un medio loto en la otra. Esta postura requiere de una gran flexibilidad en la espalda y en la cadera que solo llega a través de una práctica continua y segura.

Quizás para muchos principiantes el hecho de pensar en practicar más de dos días a la semana sea un camino cuesta arriba, sin embargo, llegados a un punto, las posturas pueden resultar incluso contraproducentes si no son realizadas a través del método correcto. El avance a través de una práctica aleatoria y poco sólida pronto se ve ralentizado y su dureza aumenta a todos los niveles, por lo que es poco probable mantenerla en el tiempo si encontramos tantas dificultades.

Podemos encontrar miles de símiles para entender esto en cualquier actividad que requiera cierta disciplina profundizar como, por ejemplo, tocar un instrumento o correr una maratón. ¿Quién no ha salido a pasear o a trotar un poco alguna vez? Todo el mundo puede hacerlo cuando quiera porque es una actividad sencilla, incluso podemos plantearnos sin apenas entrenar hacer una carrera corta. Pero, ¿qué ocurre si queremos correr 42 kilómetros? Si no entrenamos y aun así la hacemos, la lesión estará casi asegurada si es que conseguimos llegar a la meta. Semejante distancia solo se puede conseguir y, lo que es más importante, disfrutar y aprender de ella, si entrenamos cada día. En el caso del Ashtanga, salvando las distancias con una maratón, no queda otra que aumentar los días o aceptar con estoicismo el estancamiento de nuestro crecimiento físico y espiritual.

Para hacer el camino más llevadero hacia los seis días sin torturarnos, podemos comenzar con dos o tres a la semana y observar los efectos en el cuerpo y la mente durante un tiempo. La práctica al principio no nos llevará más de treinta minutos, así que las excusas no son bienvenidas. Si nos sentimos seguros, podemos añadir más días de manera progresiva o consultar antes al profesor para que nos oriente.

Por otro lado, la autopráctica en casa es muy importante para desarrollar nuestra disciplina, pero muy peligrosa por todas las obligaciones y distracciones que nos rodean y la falta de voluntad inicial. Así que si no podemos asistir a una shala (escuela) para sentir y beneficiarnos de la energía del grupo y los ajustes del profesor, lo mejor es apagar el móvil y asegurarnos de que nada nos sacará de ese momento especial y único en el día que tenemos que aprovechar y agradecer.

El Ashtanga Yoga es un regalo, una práctica espiritual valiosísima que produce cambios a niveles profundos y que merece nuestro respeto. Por ello, lo que nos brinda no podemos reducirlo a una mera actividad física de dos horas a la semana como si fuera una clase de aeróbic (todos mis respetos hacia el aeróbic y demás actividades). Si realmente quieres saborear su poder, busca un momento en el día para incluir este ritual, en grupo o solo, desenrolla la esterilla sin cuestionarte si te apetece o no, toma una inspiración profunda y practica.

Namasté,
Sandra

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